martes, 2 de abril de 2013

El signo de la crisis




¿En qué consiste la crisis que aflige desde hace ya cincuenta años a la Iglesia? ¿Puede ser reducido su signo a una definición, de preferencia breve, que refleje su quidditas? Pensamos que sí.

La crisis de la Iglesia no es más que la infestación general en su seno de aquella crisis previa de la conciencia europea, nacida del subjetivismo religioso (Lutero), filosófico (Descartes y Kant) y político (Rousseau). Hasta antes del Concilio Vaticano II, lo que la plebe denominaría "sectores clave" del gobierno de la Iglesia estaban ocupados por los llamados ultramontanos; pero no había sido siempre tan así. Llámense regalistas, galicanos, febronianos, jansenistas, politicanti o simplemente "mundanistas", muchos clérigos y jerarcas malsonantes  habían sucedido en el gobierno de las iglesias en los países de la antigua Cristiandad  a las ilustres generaciones contrarreformistas del siglo anterior. Expulsada y disuelta la Compañía de Jesús (bastión ultramontano), sometida la Iglesia al absolutismo de los monarcas (sometimiento ciertamente matizado de acuerdo a las realidades de los distintos reinos , casi nunca cismático e incluso a veces bastante morigerado), la situación era difícil para fines del siglo XVIII (aunque nunca como ahora: aun el jansenista más perlipintado conservaba un sentido de sacralidad y de orden en las esencias; amén de que el pueblo llano todavía estaba empapado de sentido común y piedad). 

Nunca dejó de haber, obviamente, figuras que podríamos denominar en términos actuales como tradis; caracterizados por asumir el espíritu contrarrevolucionario del Concilio de Trento, defender y prestar cabal obediencia a la Sede Romana y -en muchos casos- profesar la doctrina del Sol de las Escuelas, Santo Tomás de Aquino, ese Hércules (Pater A. Calderón dixit) del antisubjetivismo. El centro de acción de estos personajes era Roma, donde formaban una especie de piña o núcleo en torno a los Romanos Pontífices, que los tenían entre sus teólogos y que incluso, en más de una ocasión, provinieron de sus filas. Más allá de los Estados Pontificios, la realidad variaba. Establecido el Patronato en las monarquías europeas (que iba desde el relativamente benigno de la Monarquía Católica española a los intentos de asfixia estatizante de la Iglesia galicana francesa o del josefismo austríaco), el nombramiento de obispos y el gobierno de la Iglesia estaba ciertamente distorsionado por la intervención del poder real.


...tres santos modernos

Así, en Francia, por ejemplo, san Luis María Grignion de Monfort, ultramontano y amigo de los jesuitas, veía restringida su actividad a las diócesis relativamente pobres del Occidente francés, antes bastiones hugonotes, por razón de que las del centro del país se hallaban ocupadas por prelados galicanos simpatizantes -en muchos casos por conveniencia- del jansenismo y  otras malsonancias. Éstos, en colaboración con los nefastos parlamentos, hicieron a cuadritos la vida del Santo y de los mulotins en tiempos posteriores. De haberse permitido una acción mayor de los mulotins y de los misioneros, probablemente la Revolución se habría visto enfrentada con una Vandea extensa e invencible. Décadas después,  san  Alfonso María de Ligorio, fundador de los redentoristas (congregación que, todavía en 1870 era contada entre las explícitamente denominadas jesuitizantes  -y por tanto prohibidas por las leyes de Falk durante la Kulturkampf bismarckiana) experimentaría similares problemas. Aun a inicios del siglo XIX, san Clemente María Hofbauer jugaba al gato y al ratón primero con el emperador José y luego con Napoleón, fundando y siendo expulsado sucesivamente de muchos reinos; mientras soportaba todo con  piedad sobrenatural y su celebrado sentido del humor moravo

Después de 1815 y en medio de la gran reacción militar, política, intelectual y religiosa europea contra la Revolución -amén de la  restauración de la Compañía de Jesús- pudo recomponerse el ultramontanismo.  Con la visión que caracteriza a los verdaderos profetas atisbaron los Pontífices decimonónicos las amenazas revolucionarias y hacia dónde llevarían a la humanidad de prevalecer. Son los tiempos de la Mirari Vos, de Gregorio XVI, del Syllabus de Pío IX, de la restauración del tomismo y la riquísima lucha antimasónica y antiliberal de León XIII, que culminaron con el segundo y tercer syllaba a decir de Romano Amerio: los magisterios antimodernistas de San Pío X y Pío XII. Esos eran los bastiones de la Iglesia, que  -parafraseando aquella frase de la Madre María de la Encarnación en Diálogo de Carmelitas (1959)- era como una fortaleza preparada para sufrir un furioso asalto por el Enemigo, construida para rendir culto a Dios y salvar las almas, defendiendo a los hombres de aquellos que trabajan por la instauración del Reino de Satanás sobre la tierra. 

Pero a don Hans Urs von Balthasar eso no le parecía. De ahí que escribiese un pequeño librito en los 50s titulado Derribad los bastiones. Cosa curiosa: en aquella década restos muy minoritarios del modernismo-que-no-osa-decir-su-nombre (disfrazados de "historiadores" de la Iglesia aunque no eran más que cultores de una neohistoria  revisionista ideológica, cuyo único baremo eran sus deseos y sentimentalismos particulares, de liturgistas seudotradicionales que más bien querían abolir la tradición misma y de falsos santones paleontológicos que no eran ni científicos ni teólogos)  ponían mohín de perseguidos, hablaban en ambiguo y esperaban desde sus cuevas caviares tiempos mejores. Pero nadie daba un real por ellos. Hasta que vino el Concilio y al igual que ocurrió con la Revolución Francesa, las cárceles se vaciaron y los presidiarios acabaron de presidentes. Y de peritos y  cardenales. El complejo de inferioridad de muchos clérigos y jerarcas con la modernidad y el american way of life y el pánico ante una guerra nuclear sirvieron como un reguero de pólvora para que, durante y después del Concilio, la nouvelle theologie acabase convertida en el pan nuestro de cada día. Luego llegarían el desbarajuste litúrgico, la desistencia al uso de la autoridad por parte de las autoridades y la transformación aparente de la Iglesia en una gran ruina-cáscara donde cualquiera podía medrar a su regalado gusto, con tal de que inmolase incienso al único dios persistente: El Gran Espantajo del "diálogo", la Ambigüedad  y el Antropocentrismo en cuatro constituciones, nueve decretos y tres declaraciones. 

Era una Iglesia Feliz: había sitio para todos. Hasta para el bien, también.

Fue así entonces que el subjetivismo consiguió expugnar los bastiones de la Iglesia desde dentro e infestar, a través de ella, a distintas naciones y personajes que, con mayor o menor fortuna, venían resistiendo la ola revolucionaria. La Iglesia, aun fuera del ámbito católico, había sido un katejon contra el relativismo, el marxismo y la anomia. Obliterados esos bastiones, la infestación subjetivista acabó haciendo un daño generalizado a la cultura universal (cfr: esto y esto )

Llegados hasta este punto algún alegre podría preguntar qué era lo malo del subjetivismo. Hagamos nuevamente un ejercicio de síntesis. Lutero realiza un acto paradójico: niega toda autoridad a la Iglesia y convierte al sujeto en la autoridad definitiva en materia de religión mediante el libre examen; a la vez, al confundir la concupiscencia con el pecado, concluye sosteniendo la total depravación del hombre, la inutilidad de su razón y de su libertad. Es decir, Lutero transforma al hombre en una pequeña iglesia podrida, corrupta y falible pero autónoma e inmanente, quizá la verdadera cortesana de Babilonia. Descartes y Kant subordinan la realidad, que no sería más que un caos de sensaciones potencialmente engañosas- a las estructuras racionales del sujeto. Así, la realidad pasa a un tercer plano o es simplemente abolida en aras del Único, del Que Es, es decir el Hombre. Rousseau niega la sociabilidad natural del hombre, verdad fundamental de la política, tanto para los griegos clásicos como para todas las sociedades tradicionales del mundo, convirtiendo a cada hombre en un autista moral y político cuya única vinculación con los demás  (aun con su familia) debe de estar esencialmente mediada y legitimada por el Estado, endiosado y todopoderoso en cuanto criatura del pacto social y de la abstracta voluntad general.





Por eso extraña sobremanera oír a un Romano Pontífice proclamar ante luteranos en Alemania que venía ante ellos como "peregrino en pos de la herencia espiritual de Lutero" (Juan Pablo II, Discurso a los pastores luteranos alemanes en Maguncia, 11 de noviembre de 1980). Toda herencia supone una transmisión de bienes, en este caso espirituales; con respecto a Lutero, ¿cuáles podrían ser los bienes dignos de ser transmitidos si las premisas fundamentales de su sistema están gravemente erradas? ¿Será su vida espiritual, entonces, signada fundamentalmente por la violación de sus votos religosos, su desobediencia y su herejía? Aun suponiendo que hubiese algo bueno, habría que tener en cuenta que  los vestigios de verdad en un sistema esencialmente errado son esclavos del error y lo hacen aun más insidioso;  y realmente no le son propios, sino pertenecen a la razón natural o a la fe de la Iglesia. Así, cualesquiera bienes espirituales que pudo tener de bueno en algún momento fray Martín se encontraban y encuentran en su total plenitud, libertad y coherencia en la Iglesia Católica. Por eso no tendría ningún sentido que un católico (¡ni qué decir del Papa!) vaya a buscar nada en Lutero, porque lo que encontrara o ya lo posee o es un error.

También extraña que un Cardenal, prefecto del antiguo Santo Oficio y encargado de velar por la doctrina de la fe, además de sostener en un documento oficial que "el movimiento moderno de liberación" (léase Ilustración y Revoluciones del XVII y XVIII, es decir las aplicaciones prácticas del racionalismo cartesio-kantiano y del "liberalismo" de Rousseau) alcanzó "innegables resultados positivos" , sostenga en una entrevista que en los años sesenta era preciso "absorber los mejores valores fruto de dos siglos de cultura liberal (...) Son valores que si bien han nacido fuera de la Iglesia pueden encontrar su lugar -purificados y corregidos- en su visión del mundo. Eso es lo que se ha hecho". (Ratzinger-Messori: Informe sobre la Fe) . ¿Dónde nacieron esos valores, entonces? ¿Y a qué valores se refiere? Si es al respeto al derecho de las gentes y a las teorías sobre la relativa soberanía del pueblo y la resistencia a la autoridad ilegítima, pues nacieron de la reflexión filosófica de Santo Tomás de Aquino y de los Teólogos Salmantinos. Hasta donde sabemos eran gente de Iglesia. Si se refiere al rechazo de coacción alguna para creer en el Evangelio, pues ahí la cosa es más antigua, se remonta a los Padres de la Iglesia, a la misma Escritura y al sentido común. En todo caso, si esos "valores" nacieron fuera de la Iglesia, provienen de verdades de razón natural. Ninguna verdad de razón natural en el orden político y social -descubiertas y desarrolladas en sus rasgos fundamentales por el pensamiento clásico- ha sido combatida o negada por la Iglesia; antes bien Ella las ha impartido desde sus cátedras y púlpitos.  Podría tratarse entonces de verdades que fueron ajenas al pensamiento clásico y que recién aparecieron fuera de la Iglesia durante los siglos de mayor combate y persecución contra ella. ¿Por qué tardaron tanto en aparecer? ¿Quizá debido a que la Iglesia estorbaba su aparición y solo ante una Cristiandad destruida  pudieron emerger? ¿No será que esos "valores" aparecieron no sólo fuera sino contra la Iglesia? ¿No será que en realidad no son valores?

En su autobiografía publicada en 2001 -y con un terrorífico prólogo de Monseñor Angelo Scola, donde narra que lo conoció en los 70s en una cena organizada por ¡¡¡Urs von Balthasar!!!-, el entonces Cardenal Ratzinger nos habla de su  rechazo desde los años juveniles del seminario "al pensamiento de Tomás de Aquino, cuya lógica cristalina me parecía demasiado cerrada en sí misma, demasiado impersonal y preconfeccionada (...), un rígido tomismo neoescolástico, que para mí estaba sencillamente demasiado lejos de mis interrogantes personales" (pp. 68-69)

La subordinación de la verdad a las interrogantes personales, he ahí la siempre vieja y siempre nueva tragedia del subjetivismo alemán.

El resultado de todo este proceso de crisis es la consumación de lo que el gran Marcel de Corte denominaba la abolición de la inteligencia. Aun entre los católicos que buscan ser fieles y vivir su fe este peligroso fenómeno se presenta. La incapacidad de distinguir entre lo sustancial y lo accidental, la excesiva personalización y carnalización de todas las realidades (elevada a la enésima potencia en nuestra época hipermediática) nacida de la imposibilidad de abstraer, la desconfianza ante la Tradición o incluso la incapacidad de entender su mismo concepto llevan a las personas a perderse en la única certeza interior: el Mundo de los Sentimientos y, en especial, lo que Schleiermaier denominaba sentimiento de dependencia radical, que en el caso de ciertos católicos, se expresa en una Idea de la Autoridad, idolatrada hasta el extremo.

Usualmente, esa Idea de la Autoridad parasita en la mente de muchos a la figura del Papa; de ahí que tengamos el caso de algunos que sostienen que los recientes y variados abusos litúrgicos del Santo Padre Francisco no sean nada más que manifestaciones de una forma de ser o un estilo distinto al de su Antecesor, que era más litúrgico. La violación de las leyes litúrgicas acaba convertida en simplemente un estilo, una opción y cualquier error y horror patente simplemente es un gusto que no es el nuestro. 

Eso sí, al que piensa lo contrario ni el beneficio de la duda o del análisis racional de sus argumentos,  más bien todos los perros y gritos posibles que usualmente  nacen del sentimentalismo herido. 


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